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El Talento a partir de los 40

jun

28

El Talento a partir de los 40

 

¿40 ya? ¿Dónde quieres trabajar? ¿Qué te apetece hacer? ¿Tienes talento? ¡¡Tú escoges!! ¡¡Sólo depende de ti!!

 

 

Hace un tiempo que le doy vueltas a un tema que hasta ahora no me acababa de cuadrar. Pero lo cierto es que a fuerza de ver ejemplos relacionados con lo mismo, de una naturaleza u otra, he empezado a ver la luz. O al menos se me ha aclarado un poco más el panorama.

No hablo de otra cosa que de qué pasa a partir de una cierta edad laboral. No sé si corresponde a los 40, a los 37 o a los 45, supongo que a cada uno le llega cuando le llega. Y cuando hablo de qué pasa no me refiero a si encontraré trabajo o no. Me refiero justamente a lo contrario: ¿dónde me apetece a mi trabajar?

Sí, sí, no lo he escrito mal. ¿Dónde quiero yo trabajar? ¿Dónde estaré yo a gusto a partir de una cierta edad y/o experiencia de, digamos, veinte años?

Perdón por ser tan directo pero ya se ve que esta pregunta no tiene sentido para todo el mundo. Ni siquiera para todo el mundo alrededor de los 40… Esta pregunta sólo cabe contestarla si eres una persona… con talento. Ah, talento! Bonita palabra, que lo dice todo y a la vez no quiere decir demasiado. Por qué, ¿quién tiene talento? ¿Habría que contestar a esta pregunta antes que seguir adelante, no?

La verdad es que a mí me gusta definir el Talento de una manera un tanto especial. Contrariamente a lo que muchas personas piensan, para mí alguien con talento no es aquél que hace las cosas de manera excelente. O mejor dicho, sí, pero no ‘tan sólo’ eso. Digamos que es una condición necesaria, pero no suficiente. En las empresas nos encontramos gente tirando a mala, no demasiado buena, normal, buena, muy buena y con talento. Lo que hacer con cada colectivo no es objeto de esta nota, yo me centraré en el último colectivo únicamente. Y me gusta resumirlo en una sola frase: una persona con talento es aquélla que hace brillar a los demás. A los que son muy buenos también. Y de éstos en las empresas tenemos poquitos, según mi experiencia –y va por barrios, claro-, yo me atrevo a vaticinar alrededor del 7%.

Ahora que ya sabemos quién tiene talento y quién no, corremos el riesgo de pensar que ‘yo estoy entre ellos, claro’. Bueno, puede ser que sí o puede ser que no. Lo que sí está claro, y esto son buenas noticias, es que cualquier persona de las que digamos se encuentra en el colectivo de buenas o muy buenas puede llegar a tener talento. Y para eso, claro, hay que trabajarlo, y duramente. Aunque tampoco es éste el objeto de esta nota.

Volvamos al colectivo cuarentón. Y recapitulemos. Supongamos que somos una persona con talento, alrededor de los 40 con, eso, más o menos veinte años de experiencia laboral –y remarco experiencia, no antigüedad-. Ya se puede adivinar que si tengo talento no voy a haber estado toda la vida haciendo lo mismo, y si es así igual un día tuve talento, pero siento decir que por definición me cuesta creer que alguien que haga brillar a los otros no haya tenido entre otras cosas la necesidad de desarrollar diferentes proyectos en esos veinte años. Vaya que, si eres bueno, al cabo de unos años de hacer algo parecido, ‘te pica todo’.

Pues bien, ¿qué es lo que estoy observando cada día más? Pues que este 7%, que sencillamente lo ha hecho muy bien hasta la fecha a la hora de encontrar su camino, y que sigue necesitando algo diferente cada equis años, se ve forzado a reinventarse. Dicho de otra forma, lo que ha hecho hasta ahora para ir variando, ya no le sirve.

Imaginemos un ejecutivo que ha llegado al nivel que sea en su carrera, tras pasar por diversos proyectos y/o diversas compañías. Y ha estado muy contento y motivado y se ha desarrollado como profesional y como persona. En definitiva, es mucho mejor cada año. Llega un momento en que este ejecutivo sencillamente necesita algo más, algo diferente, ya no le sirve la misma progresión. Y ese ‘algo distinto’, según me estoy encontrando –de manera totalmente empírica, es cierto-, suele tener que ver con encarar su propio proyecto. Bien sea liderando una compañía como director general o emprendiendo su propio proyecto.

Mi teoría y conclusión al respecto es sencilla. Y llega a un embudo difícil de ‘superar’: las personas con talento, a partir de una cierta edad biológica combinada con una cierta experiencia profesional, no soportan reportar a alguien mediocre.

Y desafortunadamente esta sociedad empresarial está plagada de jefes mediocres. Jefecillos que administran vaya –y para colmo administran mal-, versus líderes que lideran –con todo lo que ello conlleva hacerlo bien, claro-. Y eso alguien con talento no lo soporta de ninguna de las maneras. Es verdad que desde mucho atrás no lo soportan, pero probablemente la edad, la falta de experiencia, o sencillamente la falta de rodaje, o lo que sea, hace que seas más flexible, o que probablemente no tengas más remedio, no lo sé. Me encuentro a menudo con ejecutivos que en los últimos años han cambiado de empresa varias veces, demasiadas. Y siguen descontentos. Y siguen probando.

El hecho de ser Director General, o hombre de vértice -o cualquier nomenclatura equivalente-, y ya no digamos de emprender hace que ese ejecutivo pase a ser el último órgano decisor, lo cual le permite desarrollar todo su potencial, que no olvidemos tiene como principal objetivo hacer brillar a los demás, desarrollarles, hacerles crecer, en definitiva, hacerles mejores día a día. Y eso según mi experiencia y la de muchas otras personas con mucha más autoridad que yo, lleva sin duda a unos buenos resultados empresariales, y además de manera sostenible, no sólo en el corto plazo.

Me gusta poner el ejemplo de ser padre o madre. Nadie nos ha enseñado a serlo pero nuestra única obsesión es que nuestros hijos nos superen; crezcan, se desarrollen, se hagan mejores y vayan más allá que nosotros. ¿Porqué no nos aplicamos el cuento cuando somos jefes? ¿Porqué no pensamos que hay tantísimas cosas en común entre ser padres y ser líderes –que no jefecillos-?

De esta forma, no sólo evitaríamos dudas existenciales a los 40, sino que contribuiríamos a hacer una sociedad mejor. No tan sólo empresarial, también social o política. La misma famosa crisis de valores desemboca en lo de siempre. Por poner las prioridades y el foco de manera errónea hacemos que las personas trabajen mal, a disgusto, no se motiven y sobre todo, no brillen. Ni permitan brillar a los demás.

En otra frase resumen: hacemos que el talento en nuestra sociedad vaya a la baja. Y con él nuestra felicidad. Aunque eso es también objeto de otra nota…

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